sábado, 4 de enero de 2014

Normalidad y dulzura.

Hay veces que dudo, ¿escribo esto aquí o lo dejo para mis apuntes personales? No me importa demasiado que nadie lo lea. Sin ir más lejos, me parece estupendo. Para este asunto, me preguntaba hace unos días, por qué es necesario jugar al perro y al gato entre chicos y chicas. Me puede haber gustado esa niña un montón. Obviamente, es escandalosamente guapa. Y dicho perfectamente, porque lo que hoy es de guapa, mañana no lo será. Por eso, cuando me fijo en ella y sonrío digo: es impresionante. Pero, ¿qué te gusta de ella? Dice una frase, "deja a las mujeres guapas para los hombres sin imaginación". La he usado varias veces. Me encanta. Y tiene su sentido.

Cuando salgo al ruedo, me fijo en todo lo que hay, es una actitud permanente. Y al final, hay que saber lo que uno busca. Soy de los que se ciegan con las chicas impresionantes. Pero la realidad, luego reconozco a las chicas buenas por encima de todo. Las que sus virtudes no están a la vista de un andar felino. Aquellas que no necesitan ser centro de atención y que hay que hacer cola para hablar con ellas. Esas chicas normales que alguna vez te preguntan y les interesa algo de lo que haces cuando no les afecta en nada. Las que no ocupan todas las llamadas solo por dar gusto mirarlas al quedar con ellas y quedarte embobado.

Hoy quiero escribir sobre lo más dulce. Los detalles de hacer un trato normal. De poder escribirte con alguien y no pensar en una estrella de Hollywood. De poder hacer cosas increíbles sin pensar que lo haces compitiendo a muerte con los demás por conquistar su corazón. Porque quieres hacer algo especial por otra persona sólo por quien es y no por cómo es. Se dejan de lado sentimientos, gustos, intereses y se avanza hacia una madurez emocional, donde realmente se dan cabida los mejores deseos. Los mejores sentimientos y las verdaderas intenciones. Estas intenciones nobles ocultas en un mar de eventualidades en busca de una complicidad especial. Aquella que puede hacerte feliz el resto de tu vida. Porque se evita la efímera relación superficial. Es cuando, sin quererlo, sin esforzarte, sin luchar ningún hecho digno de una epopeya para el resto de los siglos, saboreas y compartes un dulce momento junto a ella. Viviendo cada segundo y disfrutando cada milisegundo porque el tiempo dibuja la alegria en tu rostro.

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