lunes, 24 de agosto de 2015

Carta abierta para esa chica sin nombre pero conozco de toda la vida.

Dicen muchos que cómo puedo saber de unas cosas si nunca lo he experimentado. Otros se sorprenden de que pueda llevar más de siete años sin novia ni ningún tonteo avanzado con el que encender algo de pasión. Son preguntas muy buenas y con sus dificultades para responder. Pero no sé los momentos de esas preguntas donde ocurre, que durante años, he ido poco a poco enamorándome de ella. No hacía falta un rostro porque veía sus detalles en muchas personas. No sentía su mano ni sus roces porque soñaba los momentos para el resto de mi vida mientras esperan su momento. No escucho su voz, pero si entendía otros sonidos que me causan la misma sensación. Me enfado con ella, como me enfado con mis seres queridos. Pero sin saberlo, tengo la necesidad de arreglar esos enfados y sigo inquieto cada segundo. Pensando que puedo estar enfadado contigo.

Toda mi vida es así, siempre pendiente de ti. Sabiendo que mi vida es tuya. Es lo que te doy y lo que deseo que tengas. Por eso te conozco. Por eso se que ya te quiero. Por esto no tengo prisa. Poco a poco, día a día, será tu voluntad, no la mía quien decida. Me pondrás una cara y me sonreirás. Ya lo sabes, me derretirás y ganarás porque me conocerás en el momento que abras tu corazón. Donde te dejes llevar y guardes conmigo este tesoro. Eres la llave de mi vida, te conozco y tengo toda la vida para descubrirte. Aprender quien eres, equivocarme, esperar lo que venga, para abrazarte cuando no quieras sonreír y para convertirme, antes o después, en lo que necesites. Para servirte a ti, que se quien eres desde que veo esos rasgos comunes y perfectos. Te estas convirtiendo en mi debilidad y me sigues conquistando todos los días. Esa debilidad me fortalece en mi lucha por verte cada día y seguir un camino contigo.