Tras llegar a Madrid me moría de ganas de escribir algo sobre esto. Entusiasmado y encantado de escribir algo que me ha cautivado.
Si hay algo que he heredado de mi padre es el semblante serio, gesto torcido en la forma de mi boca. Tendencia a ser una persona seria. A esta herencia, que no es naturalmente ni reproche ni protesta, es una circunstancia más, se puede añadir cómo ha cambiado mi vida a partir de los diez años. Podría escribir mucho y podría hablar de mi mismo sin parar, pero no es lo importante.
Lo que quiero ensalzar aquí es la fuerza que tiene una sonrisa para hacernos más felices. Hay quien se pasa toda la vida buscando la felicidad y hay otros, en los que me incluyo que encuentran pequeños momentos de felicidad cuando menos se lo esperan. Tenemos que estar atentos a vivir esos momentos, porque son fugaces (o no si es posible conseguir que te acompañen más de lo esperado...) y desaparecen igual de rápido que te los has encontrado.
Vayamos a los hechos. Ya no me importa quien lea esto, o si los afectados lo leen o no. El motivo, creo que es muy dulce y cariñoso. Tener detalles de profunda amistad, o gestos cariñosos sin ningún tipo de interés asociado. Recuerdo con el mayor cariño del mundo a un profesor. Su nombre: Andrés Chacón. Él no lo sabe y seguro que no tiene en mente una cosa así. Pero a mi me quedo grabado con fuego para toda la vida. Siempre me han dicho que tenía que sonreír mucho más. Y me ha costado lo suyo, pero a veces lo hago. Podría mencionar a muy buenas personas, el querido Don Iván (también me decía que tenía que sonreír mucho más), Don Miguel Ángel, cariñoso como ninguno con nosotros en primaria. Incluyo al que muchos "temían" como Don Juan Yebra. Puedo seguir sin parar, pero ay Don Andrés... bajaba yo por la famosa escalera del edificio central solo tranquilo (mi ritmo habitual supongo) y escucho:
- Indi, ven un momento.
- Me dirijo asombrado. ¿Qué ocurre?
- Pues mira, hacía mucho que no te veía sonreír así. Tienes que hacerlo mucho más, porque pareces otra persona.
- Indi, ven un momento.
- Me dirijo asombrado. ¿Qué ocurre?
- Pues mira, hacía mucho que no te veía sonreír así. Tienes que hacerlo mucho más, porque pareces otra persona.
Tal vez no sean las palabras exactas, pero el contenido es el que cuenta. Bajaba sonriendo sólo. Como pocas veces, y ese detalle, ese estado impactaba en los demás. ¿Tanto como para dejar de vigilar una clase desde la puerta y hablar con un chico (que vete a saber si no estaba fuera en horario de clase como alguna vez ocurría) que bajaba las escaleras? Ese día descubrí cómo podía una lucha de muchos años, dejar huella en los demás. Pequeños trabajos que hacemos que parecen que no valen para nada, pueden cambiar un día de una persona. Y dejarnos marcas para toda la vida que nos hacen mejores.
Esta pequeña historia hace que en los demás, la sonrisa, la alegría, la natural diversión y escuchar la risa sea un placer. Porque todos podemos hacerlo. Es un estado que nos acerca a ser más felices, pero felicidad con argumento. No causada por factores externos. Se puede llegar a esto sin tomar ni hacer nada. Esa auténtica felicidad es la que ni los más indeseables comentarios me han podido arrancar.
¿Por qué esto ahora?
Me han cautivado. Ya no sé si es porque soy muy frágil, o porque es lo primero en lo que me fijo de una persona. Que lo es. Reflejar mi trabajo en algo que encuentro único y poderoso. Reflejo del alma. Un detalle de personas enamoradas. Creo que se convierte en irresistible para las personas que queremos entregar una sonrisa en los momentos difíciles.
Me han cautivado. Ya no sé si es porque soy muy frágil, o porque es lo primero en lo que me fijo de una persona. Que lo es. Reflejar mi trabajo en algo que encuentro único y poderoso. Reflejo del alma. Un detalle de personas enamoradas. Creo que se convierte en irresistible para las personas que queremos entregar una sonrisa en los momentos difíciles.
No creo que sea malo, de hecho, siempre agradecería a Don Andrés su comentario. Y a mi me parece de justicia dedicar todo esto a una sonrisa, que en tres días, me ha hecho olvidar muchas otras cosas. Porque no había forma de evitarla. Miraba lo que miraba, dijera lo que dijera, salvo momentos puntuales, siempre estaba sonriendo. Unas veces era alegría de una niña, que hacía cosas de niña, en otros, era una sonrisa a una conversación. Que cuando se hacía sería, terminaba por quitarle todo el dolor al mirarla y ver que volvía a sonreír. Pocas veces me he encontrado ante personas así, pero me ocurre siempre, cuando alguien hace eso, no tiene nada más que hacer. Me ha conquistado el corazón y siempre tendré guardado con cariño, que su sonrisa, puede recuperar cualquier pena del día a día.
No tiene que ser perfecta, no necesito la niña más linda del mundo. No hace falta la perfección, insisto. Porque no se encuentra en la apariencia, es la esencia de la sonrisa la que cautiva. El momento, el detalle, la mirada que la acompaña. Encontrar la paz de que aunque crees haberte equivocado una y otra vez con tus tonterías, su sonrisa perdona todo y sigues disfrutando el momento deseando que esa alegría no termine nunca. Algo tan insignificante como el jugar suavemente con la superficie de la arena haciendo un simple montón. Eso era lo mejor que podía tener en ese momento. Sencillo, natural, sincero, alegre. Hice lo que no puedo soportar desde que tengo uso de razón, llenarme de arena de playa. No importaba, una sonrisa así, vale cualquier cosa.
Me encantaría disfrutar esa virtud. Pero a día de hoy, sólo puedo dejarme llevar por la cautivadora sonrisa de las chicas que generosamente, hacen felices a los demás con sólo mirarlas. Algo así es un tesoro que hasta donde fuera lucharía si realmente se me brindase otros momentos iguales.
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