lunes, 23 de noviembre de 2015

Engrandecer la ilusión con huellas nuevas.

Pequeña idea tontorrona que podría mencionar. Un pequeño destello de lo que quiero siempre ocultar. Son muchas cosas que cualquiera podemos decir pero nunca perder la ilusión es lo que nos empuja a los chicos a encontrar cada día nuestros pequeños momentos: lo que deseamos compartir. La simpleza de un chico a veces creo que se ve en dos situaciones. Cuando nos dedicamos a compartir nuestras tonterias o por el contrario cuando vivimos para nosotros mismos. Parece sencillo. Pero creo que es un ejemplo de cómo simplificar al máximo las formas de hacer las cosas que tenemos los hombres. Luego está la gracia de saber jugar con ambos estados y las virtudes que acompañan a cada uno.

Los miedos de los chicos son casi como el misterio de lo que ocurre en un baño de mujeres. Ni nosotros sabemos cuales son ni ellas saben explicarlo. Al final, se convierte en una salida de esa situación incomoda de la que huir sin saber como. Hay miedos para siempre y otros provisionales. Los que mas temo, son esos que no empiezan en mi pero me afectan directamente.

Sigo aún mirándote, sonriendo, contento, sabiendo que me haces mejor y esperando ese momento. Cuando solo tú y yo, frente a frente, me miras, me observas, todo el mundo a mi espalda. Y eres la última, pero dudas. Tal vez si crees en lo que hay... Aún te preguntas, pero quieres verlo aunque todos lo rechacen. Sueño con ese momento en el que confíes en mi, y me digas, ahí estás: te he encontrado. 

Es ese preámbulo de tormenta, ver las nubes negras amenazando y cómo el viento no sabe a donde huir. Donde la veleta gira y gira. Cuando ves que un mar en calma empieza a levantarse. Es ese mi paseo mientras pienso qué voy a hacer para capear la tormenta. Los momentos previos para meditar rápidamente cómo encajar esas adversidades que llaman a la puerta. Es ahora donde estoy disfrutando el momento siendo yo mismo. Ser quien dar una solución como quien enfrentarse a un precioso reto. El que no tiene un final definido. Al que no sabes cómo terminará. Pero ahí están las huellas. Ahí estamos haciendo ese nuevo engrandecido camino, he cogido mi abrigo. He encomendado todas mis virtudes y pedido gracia para afrontar esta batalla. Esa es mi ilusión. No sé cómo será el final, pero hay algo que no falla. Nada ni nadie me hará olvidar algo tan especial.

Donde se encuentran las auténticas huellas nuevas. Esas facetas que las tormentas presentan. Esos secretos que descubren los momentos extremos. Estaba esa fuerza escondida en conocerte. Aprender que había cosas que necesitaban el ímpetu de la naturaleza para descubrir y fortalecer mis mejores y más nobles intenciones. Me encuentro dentro, sin salida, con la sensación de luchar en un mar perdido. Sin saber si me dirijo al norte o al sur. Al este o al oeste. Aquí vivir la grandeza, no tengo más destino que capear esta tormenta. No quiero llegar a ningún puerto. Hoy, quiero sufrir y sobrevivir a este gran temporal, uno más de los infinitos con los que lidiaré toda la vida. Pero que cuando vas solo, no hay miedo a perderte. Ahora, como el mejor patrón, no es mi voluntad quien deseo salvar sino entregarme en acompañar y hacer mejor el viaje de quien navega a mi lado. Para qué la ilusión engrandecida de un patrón solitario, cuando lo único que se alimenta, es el orgullo del sentir efímero de la soledad. No hay proeza en la que junto a alguien y para alguien sirva sea digna de compartir. Los premios son para el orgulloso. Regalar ilusión y los mejores recuerdos marca a las personas para la eternidad.

lunes, 2 de noviembre de 2015

Y por fin, un reto.

No me harto de repetirlo. El gran pecado. El mayor de los males actuales y más extendido es la soberbia. La definición de la palabra es fundamental y de ahí parte la exposición: "Altivez y apetito desordenado de ser preferido a otros".

Nos ocurre a todos mucho. Cada vez somos menos humildes. Ha desparecido una medida fundamental. No existe Dios. Algunos creen que lo buscan. Otros creen que lo encuentran. Hay quienes reniegan o simplemente, se creen dioses. Dónde nos encontremos, cada uno sabe y por lo general, a los demás, miente. 

Descubrimos en nuestro trato a los demás, en que situación nos encontramos. Y se da el caso, que esa vara de medir nuestros actos poco a poco se ve cómo desaparece. La fortuna de saber que Dios existe y que los hombres podemos tener trato con Él, hace que de forma inmediata, descubramos lo insignificantes que somos y cómo necesitamos y deseamos su cariño y compañía. Para aceptar lo que nos rodea y sobre todo a quienes nos rodean. Quizás es un asunto complejo y se puede ramificar en varias cuestiones. Escribo la que ha ocupado mi atención y que ha nublado todos mis sentidos.

Dentro de los soberbios, a veces soy uno más. Me considero en ocasiones una persona inteligente. No por lo que hago, reparo o puedo idear. Sino porque entiendo con facilidad todas las cosas que me explican y las circunstancias que me rodean. A veces las acepto con grado y otras con desagrado. Pero no me pierdo en comprenderlas. Esto hace que haya muy pocas cosas que despierten una muy poderosa atención. Me gusta y suelo mantener el control de las circunstancias que me rodean. Se a lo que llego y a lo que no. Se cuando me quedo atrás y cuando voy por delante. Pero siempre se cual es mi posición. Quizás conocer este punto de realismo es lo que me hace considerarme inteligente. Repito que puede ser una afirmación poco argumentada y de poca base pero es una pequeña visión en mi toma de decisiones. 

Entrando al caso. Dentro del control, pocas cosas se me escapan. Hay detalles que cuestan más, otros menos. Y un viejo amigo, ha acertado conmigo. Ha roto todos mis hilos. Ya lo hizo cuando le conocí. Lo vuelve a hacer. Dice que es providencial. Creo que me está fastidiando. El caso es que ha hecho lo que nadie desde que recuerdo ahora, había conseguido. Ha puesto mi vida lejos de mi control. Ha dado un empujón que quizás haya despertado una parte muy dormida en mi. Esa parte de mi corazón oculta en tantos detalles con los demás. El reto de plantearse y dar la oportunidad de dejarse conocer. De no ser dueño de tu vida. Permitir hablar a un condicional entre operaciones. Lanzar una hipótesis al infinito para ver hacia donde vuela. Arriesgarte a disfrutar y conocer a otra persona. Romper los esquemas y olvidar todos los prejuicios. Mirar, verte sonreír y tener miedo a equivocarse. Hablar, escuchar y disfrutar cada momento. No necesito más. No estoy avanzando. No estoy buscando un camino. Sólo observo y me gusta el reto. Tal vez quiera salir hacia todas partes. No me engaño, siempre vivo con aspiraciones futuras. Pero ahora no hay soberbia. No hay desorden. Mi único apetito es saber que me enfrento a un momento perfecto. 

Volver a navegar, volver a partir, salir al mar y recordar las palabras que me decía de niño: sin querer, no se puede vivir.