Escucho muchas veces comentarios sobre la grandeza y la grandiosidad de personas y acciones. Yo me he preguntado hasta que punto la grandeza está presente en los juicios personales o son una virtud que salta a la vista de los demás de forma clara y que se haga cuantificable.
Cada vez que le doy vueltas al asunto, veo mucho más claro que esto no es cosa nuestra. Uno no se hace grande por sus acciones, no vamos diciendo qué grande es este por esto que ha hecho o no. La grandeza viene de lo que dejamos de hacer por Dios o lo que hagamos por Dios. Porque Él es lo más grande. Por eso cuando una persona lleva aires de grandeza parece idiota y cuando uno es muy grande, esta claro que va rodeado de muchas virtudes. No son cosa suya, es porque todo lo hace para Dios. El único más grande.
A medida que uno engrandece, se hace más fuerte, y cuanto más fuerte, el golpe al final se hace más doloroso. Además en el punto más débil y descubierto que además no sabes donde esconder, porque puede que ni siquiera se conozca. Es sorprendente cómo ver que el origen de la grandeza es la humildad. Una humildad en reconocerse siempre inferiores y desde la inferior, con agradecimiento, generosidad y esfuerzo, lograr las metas que nadie cree lograr pero con la grandeza de la fe, dejará su poso en la historia y en los demás.
Tendremos detalles magnánimos cuando veamos la vida como lo que es. Estamos humildemente presentes en la realidad. De una realidad auténtica podremos, con el genio natural de cada uno, limitar o no nuestra imaginación y creatividad para llevar a cabo grandes obras donde los demás, por falta de fe y ejercicio de voluntad no quieren conseguir o se limitan a una vida acomodada (lícita) en la que no quieren sacar lo mejor del interior de cada persona. Unos con más otro con menos. Uno alcanzará esta grandeza cuando sepa que él por si mismo, nunca podría alcanzar estos medios y cuando a si mismo, de forma honesta, nunca se vea como el más grande sino como el más miserable.
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