domingo, 22 de julio de 2012

¿Quién deja su eco en la eternidad?

Hay películas que con el paso de los años se hacen mejores. No tienen un momento de moda. Son especiales porque la épica y su trasfondo las hacen esperanzadoras para todos nosotros. Nos muestran una realidad ya revelada, pero que podemos desconocer. Nos acercan a la grandeza de lo superior. De aquello que creemos que no podemos alcanzar.


Pongo este vídeo porque me he preguntado muchas veces sobre esa afirmación:

"Lo que hacemos en la vida, tiene su eco en la eternidad."

Al pensarlo detenidamente, hablamos de conjuntos. Yo no espero ser el más grande, pero si deseo contribuir a que mi momento, mi historia, sea muy grande. ¿Cómo se consigue eso? Echemos la vista atrás. ¿Quiénes son los personajes más recordados? Quienes de esta época dirán el día de mañana. Y no mañana. Sino en 100 años o 200 años. ¿Quienes formarán parte de la historia? Para bien o para mal. Se me ocurren dos nombres. Uno por lo que hizo y otro por quién ha sido. Hablo de Hitler y de Juan Pablo II. ¿Comparables? En nada. Uno destrozó el mundo. Y el otro lo transformó. Tal vez se recordarán a figuras como Steve Jobs o Bll Gates. Sin embargo, me quedo con los primeros. Que Hitler estaba movido por el diablo. Estoy convencido. Como yo en algunos de mis actos y cualquiera en el día a día. Pero... ¿y Juan Pablo II? Redescubrir el perdón. Vivir sin nada. Ser un santo que caminaba entre nosotros.  En la historia es la vida de los Santos la recordada, la vida de aquellos que movieron al mundo, de una manera u de otra. Pero son siempre quienes de una manera u otra. Con la verdad y con lo que Jesucristo ha revelado. ¿No lo conoces? prueba a leerlo. Han sido las figuras más grandes y que menos han tenido. Los que han sido verdaderos santos son los que han vivido como héroes. Son los que cada día, han querido ser mejores. Y cuando ocurrían desgracias, se levantaban y seguían.

Me paro a pensar en los sufrimientos de Benedicto. Acusado permanentemente por toda clase de mindunguis. Que desconocemos la magnitud de su responsabilidad, que no llevamos el peso de toda la Iglesia. Mensajero de nada mas y nada menos que de Dios, en la tierra. Según escribo esto, me pero a pensar. Cómo demonios tengo la vergüenza de criticar cualquiera de sus palabras cuando se nos dirige como Padre de la Iglesia. Una figura, recordada históricamente, quien tiene la voluntad, decisión y potestad de cambiar el mundo a través de todos los cristianos, que comulgamos con esta religión. Es un pequeño ejercicio de humildad, de pensar, que yo no puedo hacer otra cosa mejor. Que servir y ayudar a los más grandes a cambiar el mundo. Como sólo JPII ha conseguido en este Siglo. Dudo mucho que recordemos a otra persona para bien. Que haya aportado un mensaje social positivo y que realmente, tenga su eco en la eternidad.

Y yo, con mi actitud soberbia, nosotros con nuestro exagerado yoismo. Y cualquiera, al que sólo vea el mal ajeno. Estamos más cerca de contribuir a la desgracia que mueve el diablo antes que la vida de felicidad, verdad, seguridad y alegría interior que nos ofrece seguir a la figura que hace dos mil años. Cambio la vida del mundo. Me pregunto ahora.

¿Que hacemos en esta vida, para que tenga su eco en la eternidad?

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