Lo más triste de todo es que me cuesta escribir estas cosas, porque si hay algo por lo que lucho, es por no tener un corazón triste. Cada día recibo la gracia de conocer a Dios. De saber que él es todo amor.
Sin embargo, en ocasiones me pregunto, y especialmente le pregunto. ¿Por qué es tan complicado amar? ¿Por qué no podemos entregar el corazón enamorado a los demás? ¿Porqué nos hacemos tanto daño...?
Tengo la costumbre de atender a todo lo que me piden, lo hago por cariño, porque me importan las personas, quiero demostrar a diario que puedo estar con ellos, que aprecio y disfruto con ellos. Y si no disfruto, quiero encontrar la forma de que lo pasemos bien y arreglar los problemas. Que diferente se hace la realidad, cuando tras poner entrega, desear corregirte y querer disfrutar son todos los principales impedimentos para que todo salga mal.
¿Qué queda de esto? Pues que cuando alguien hace cosas buenas, no nos damos cuenta y el agradecimiento es como una estrella fugaz. Siempre son diferentes y nunca podrás ni contemplarla ni volverla a ver. Todo cambia y nada queda. Surgen muchas dudas que tienen delicadas respuestas, sobre todo ¿cómo es posible que pasen estas cosas por mi cabeza? La explicación es muy sencilla. A veces deseo muchas cosas, mi imaginación monta situaciones, me genero expectativas imposibles. Sueño con momentos idílicos que lleven a momentos entrañables. Y no por estar enamorado, que lo estoy... Sino porque quiero sentirlo. Porque de un corazón que nos destruimos, a veces buscamos el amor donde no está, lo reemplazamos con pequeñas sensaciones. Lo queremos pegar con "cosas" y no... no se pega nada, hacemos un lío tremendo y dejamos algo apañado, pero sin fuerza. No está ahí la fuerza del amor.
El amor que Dios nos revela es mucho más grande, supera todas estas historias mundanas y cuando lo encontramos. Descubrimos no un corazón partido, sino un corazón con luz propia, que los sentimientos se ocupan de limpiar y cuidar. No de destrozar. Demos la vuelta a la tortilla, pero lo primero, saber que el chef no somos nosotros. Es Dios.
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